Corre y no mires atrás

 

“Corre y no mires atrás”

La chica se repetía la frase una y otra vez mientras corría entre los árboles.

No mires atrás. Eso fue lo último que le dijo su madre antes de entregarle el sobre que tenía apretado en su mano.

Todo iba bien. Una tarde como otra cualquiera, en la que había vuelto a casa desde la biblioteca, donde acudió para preparar el examen de matemáticas que tenía en dos días, cuando encontró a su madre pálida como la leche.

-      ¿Qué ocurre, mamá? –preguntó asustada.

Pero su madre, lejos de contestar, le entregó un viejo sobre amarillento y le dijo esas cinco palabras:

-      Corre y no mires atrás.

-      Pero… ¿qué sucede? ¡¿Qué está pasando?!

-      ¡Corre! –gritó su madre, mientras abría la puerta de la cocina, que daba al patio trasero de la casa.

Por un instante, la chica dudó. Miraba a su madre extrañada y asustada, hasta que comenzaron a oírse fortísimos golpes en la puerta principal.

-      Por favor –insistió su madre, en un susurro, con expresión aterrorizada-. Ve a la iglesia de la colina y busca al Padre Manuel. Corre y no mires atrás.

Otro fuerte golpe sonó en la puerta, tras lo cual se abrió con un crujido de madera.

La chica salió corriendo tan rápido como podía, internándose en el bosque que había tras la finca de su urbanización, con lágrimas en los ojos y sin aliento en los pulmones.

Quería mirar atrás y ver si su madre la seguía, asegurarse de que se encontraba bien, de que, fuera lo que fuese que había roto la puerta para acceder a su domicilio, no había dañado a su madre.

Pero no podía. La urgencia, la expresión de terror, la orden tan tajante que le había dado su madre se repetían en su cabeza, haciéndola correr a toda velocidad, hasta el punto de sentir dolor en las piernas.

Diez minutos después divisó la vieja iglesia ubicada en lo alto de la colina y un atisbo de alivió surgió en su corazón al ver que tenía las luces encendidas. Llegó a la puerta y llamó con insistencia, hasta que un hombre de unos sesenta años, con gafas y calvicie, vestido de negro y con un alzacuellos, le abrió con cara de sorpresa.

-      ¿Pero qué ocu…?

La chica no le dio tiempo de terminar la pregunta y entró en la iglesia dando un empujón al cura.

-      María… ¿qué pasa? Parece que te persiguiera el mismísimo Diablo

-      Padre Manuel –respondió entre jadeos-. Alguien nos ha atacado en casa. Mi madre me ha dado este sobre y me ha dicho que se lo entregara.

El sacerdote, con cara extrañada, cogió el sobre que le entregaba la chica y lo abrió, cambiando su expresión de la duda a la sorpresa y, de ahí, a algo que se podría definir como miedo.

-      María, ¿qué sabes de tu padre?

-      Poco, Padre Manuel. Sé que nos abandonó cuando yo era pequeña y poco más. Que era del norte y se dedicaba a la pesca.

-      ¿Conoces la historia de la Masacre de Urzáiz?

-      Claro, todo el mundo en la zona conoce la historia. ¿Por qué?

-      Sabes, entonces, que nunca se halló al culpable.

-      Si… claro…

-      Pues…

El cura entregó el sobre abierto a la chica, que contenía una carta manuscrita con una letra burda y faltas de ortografía, así como una foto en la que aparecían un hombre vestido de pescador y una mujer con un bebé en brazos.

Tras reconocer a la mujer, que era su madre, leyó la carta.

Y, entonces, aterrorizada, entendió la urgencia de su huída.

 

 

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