La Horda Sangrienta - Capítulo 9
Capítulo 9. Engaños
La
peor mentira no es la que te cuentan.
Es aquella que decides creer.
Y algunas verdades llegan demasiado
tarde para cambiar el destino.
Los hombres simio, comandados por un individuo enorme armado con un látigo y un bastón lleno de púas en su parte superior, encontraron de frente a Lope y Ulrika.
La bárbara, viéndose descubierta, desenfundó la espada y se lanzó contra el líder de los simios, pero el resto de sus acompañantes le dispararon dardos utilizando unas cerbatanas y la guerrera cayó inconsciente a los pocos pasos.
Lope levantó los brazos e intentó dialogar, diciéndoles que ellos estaban allí para acabar con Kruhonos y, por lo que habían visto en la batalla de los muros, compartían el mismo propósito.
Sin embargo los hombres simio comenzaron a reír y, de detrás del líder, apareció Solam.
- Faltan dos –dijo el pequeño ladrón-. Pero están aquí, seguro.
Solam sacó una caja y la abrió, formando un tablero sobre el que colocó dos piezas talladas. Realizó un extraño juego de manos y una de las figuras comenzó a moverse hacia la otra, señalando una dirección.
El hombre simio giró la cabeza y señaló.
- Ahí están los que faltan.
- Maldición –susurró Galanus a Lyra-. Tiene un localizador. Debió conseguir tu sangre en algún momento. Por eso siempre sabe dónde estamos.
Los otros hombres simios se dirigieron donde indicaba Solam, encontrando agazapados tras unas balas de paja al sabio y la arquera.
- Estos son los que busca el Amo –dijo Solam al simio gigante-. Yo se los llevaré, el mérito es mío.
- No creo –contestó el otro, con una media sonrisa-. Soy el Señor del Foso y aquí mando yo. Yo se los llevaré al Señor de Shakara. ¡Andando! –gritó, mientras sus subordinados cargaban a Ulrika y apuntaban con sus lanzas al resto, haciéndoles andar hacia la arena de combate.
Solam lanzó una mirada de odio a Señor del Foso y los siguió a regañadientes hasta llegar al centro de la arena.
En ese momento una luz mortecina surgió de la parte alta y todo el grupo comenzó a flotar hacia ella, hasta alcanzar la parte superior y ver un pasillo sacado de pesadillas: cuerpos medio descuartizados componían las paredes, cabezas sin cuerpo cuyos ojos se movían y los seguían con la mirada, miembros sin cuerpo que temblaban con estertores.
Avanzaron hasta llegar a una estancia circular, en el centro de la cual se hallaba, sentado en un trono de hueso y carne un ser de tamaño descomunal. Era delgado, de piel grisácea y ojos negros sin pupilas. Iba ataviado con una armadura del mismo material del trono, como si todo fuera uno.
- Amo, estos son –dijo Solam, adelantándose al Señor del Foso-. Estos eran los que acompañaban al recipiente.
Los hombres simio empujaron al grupo hacia el trono, colocándolos enfrente del extraño ser.
- Humano –dijo el Señor del Foso a Lope-. Dile al Amo lo que me dijiste abajo.
- Ehhhh… Pues… que compartimos objetivo. También queremos matar a Kruhonos.
Los hombres simio comenzaron a reírse, mientras el Señor de Shakara, con una expresión completamente neutra y sin mover los labios, comenzaba a hablar.
- ¿Y qué os hace pensar que Kruhonos está vivo? –su voz retumbaba en sus cabezas-. Conan lo mató hace años en la Colina de los Buitres.
Algo parecido a una risa resonó en sus cabezas.
- No –continuó-. Lo que yo necesito es su alma, para retornarla a su cuerpo. Y vosotros habéis estado viajando con su recipiente todo este tiempo. ¿Dónde está el Príncipe Rashed?
Los aventureros se miraron entre ellos, sin llegar a entender.
- Vaya –continuó la voz-. Entiendo que no sabíais con quién viajabais realmente. Veréis, cuando Conan mató a Kruhonos una de sus brujas capturó su alma y la metió en un recipiente, hasta conseguir un nuevo cuerpo capaz de soportar todo su poder y devolverle a la vida. Tengo un trato con ella. Le construí un cuerpo y ella lo resucitará, para así decirme cómo abrir la Puerta de los Dioses y traer a este universo al Gran Hacedor.
Entonces entendieron. La bruja debía ser la nieta de Galanus, única superviviente de la Colina de los Buitres. Y el alma de Kruhonos la debió insertar en el cuerpo de Príncipe Rashed, el cual les había estado acompañando todo el viaje junto a otros aventureros. Y, así mismo, explica el extraño motivo de que el mismísimo Rey de Aquilonia viniera a buscarlo.
- ¡¿QUÉ!? –gritó la voz en su cabeza- ¿¡Conan se lo ha llevado!?
Al parecer el ser también sabía leer la mente y captó sus pensamientos. Lleno de ira levantó una mano y, de las paredes, comenzaron a salir cuerpos humanoides en distintos estados de descomposición, formados a partir de los restos que habían insertados en los muros, creando un pequeño ejército de zombis.
Y en ese momento el caos invadió la estancia. Un lateral de muro estalló y varias bombas de humo cayeron al suelo, viendo los aventureros aparecer a la exploradora sethita.
- ¡Por aquí, vamos! –les gritó.
El grupo agarró a Ulrika, que ya empezaba a despertarse pero aún estaba atontada, y corrieron por el túnel creado por la exploradora seguidos por los zombis de hueso y carne, hasta que frente a ellos aparecieron más.
Entonces Ulrika terminó de despertar y, viendo las aberraciones que los rodeaban, gritó y se lanzó espada en mano contra ellos, despedazándolos como si fuera una trituradora hasta acabar con todos, quedando completamente cubierta de restos mientras se dirigía sonriente hacia sus compañeros, que la miraban con una mezcla de miedo y orgullo.
En ese punto la exploradora sethita sacó su daga y, pronunciando unas extrañas palabras, la clavó en el suelo, comenzando a salir un extraño brillo verde tras el cual explotó un trozo de la superficie y creó un agujero por el que pudieron huir de aquel lugar de pesadilla.



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