La Horda Sangrienta - Epílogo de Lope (y María) de Torres

 

Epílogo – Lope (y María) de Torres

 

Cruzó el mundo.

Abatió demonios.

Luchó y sangró hasta rozar la muerte.

Pero todo sacrificio tuvo un propósito.

Al final, la salvó.

 

 

El viaje de vuelta a Zingara fue complicado. No porque los caminos fueran peligrosos ni porque el tiempo les fuera adverso.

El verdadero problema eran los silencios entre ambos.

Al ver a su hermana sumida en aquel estado de semiletargo, consecuencia de haber extraído de su cuerpo el fragmento de esencia de Kruhonos, Lope se sentía completamente perdido. Su piel, antes del color de la canela, se había vuelto pálida; sus vivos ojos verdes ahora parecían apagados. Por primera vez en su vida, el parlanchín pirata no sabía qué decir.

Intentaba abrazarla para transmitirle algo de calor, pero María rehuía cualquier contacto, como un animal maltratado. Y, pensándolo bien, eso era exactamente en lo que la habían convertido.

Los días fueron pasando y, poco a poco, María comenzó a recuperarse.

Lope le habló de sus viajes junto al grupo, sintiendo una punzada de nostalgia al recordar a quienes, tras tantas aventuras, habían acabado convirtiéndose en su familia. También habló del sacrificio de Galanus, con una mezcla de tristeza y un orgullo que no podía, ni quería, ocultar.

A cambio, María empezó a abrirse con su hermano.

Le contó cómo la Bruja apareció una noche en el campamento de la troupe y la sedujo con promesas de conocimiento y poder arcano. Cómo abandonó a los suyos bajo una luna ausente y cómo, sin comprender siquiera lo ocurrido, despertó encadenada en una mazmorra junto a otras muchachas. Después llegaron los rituales. Una tras otra, las prisioneras fueron desapareciendo, hasta que solo quedaron tres con vida.

Entre largos silencios, también le confesó lo peor: la sensación de compartir su cuerpo con una presencia antigua y maligna, una entidad que invadía sus pensamientos y convertía incluso la vigilia en una pesadilla. Cuando la Bruja culminó uno de sus rituales, extrajo aquella esencia de su interior, dejándola tan debilitada que apenas conservaba fuerzas para mantenerse consciente.

Tras varias semanas de viaje llegaron a Alqanda. Lope dejó a María en la casa familiar, descansando y al cuidado de los suyos, prometiéndole que regresaría en cuanto pudiera. Antes debía volver a Argos para informar a su capitán y cobrar la recompensa por haber encontrado a Kruhonos.

Porque, al fin y al cabo...

Era un pirata.




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