La Horda Sangrienta - Epílogo de Ulrika de Vanheim

 

Epílogo – Ulrika de Vanheim

 

           El silencio se hizo en la casa comunal.

A pesar de los años que habían pasado todos reconocieron a la guerrera pelirroja que acababa de cruzar el umbral. Vestía la armadura de escamas de su madre y portaba la espada de su padre.

Del cinto colgaba una pesada bolsa de cuero, de cuya base caían gruesas gotas de sangre.

Ulrika, con pasos lentos y mirando a todas las personas que se hallaban en el salón, se dirigió hacia el hombre que ocupaba el trono del jarl, un gordo con la barba cana cuyo pecho estaba manchado con restos del asado que se estaba comiendo.

La guerrera llegó frente a él, descolgó la bolsa del cinto y arrojó su contenido a los pies del trono, cayendo al suelo un casco con cuernos de color rojizo manchado de sangre, dentro del cual aún se podía ver la cabeza que había protegido.

- Me da igual quién seas –dijo Ulrika, dirigiéndose al hombre-. Pero esa es la cabeza de Kruhonos, con cuyo cráneo voy a hacerme una jarra para beber hidromiel. Y si no levantas tu gordo culo del trono de mi padre, utilizaré la tuya para hacerme un cuenco con el que lavarme la cara por las mañanas.

El hombre, con cara de terror, comenzó a dar órdenes a los guerreros del salón para que mataran a Ulrika, pero ninguno de ellos movió un músculo, pues todos miraban el enorme yelmo sangrante.

Es ella –murmuraban-. Es la Loba, la que acabó con la Muerte Viviente.

Sí, es ella –decían por otro lado-. Los rumores eran ciertos.

La mujer dio un pequeño paso hacia el trono al tiempo que desenfundaba la espada, saltando del mismo, con una agilidad inusitada en un cuerpo de semejante envergadura, el hombre que estaba sentado, el cual tropezó y comenzó a arrastrarse por el suelo, huyendo de ella.

Ulrika se sentó, clavó la punta de la espada en el suelo y, poniendo un pie sobre el yelmo, pidió que le trajeran comida.

Y así fue como Ulrika de Vanheim recuperó su trono.




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